Setenta veces 7…

Pasaron 7 días hasta que me animé a volver a leer el libro de mi prima y todo porque se lo tenía que devolver y no me quería quedar sin saber como terminaba.

Empesé a leer a las 7 de la tarde y no pude dejar de leer por 7 horas. La historia me atrapó por completo y conocí de inmediato los 7 personajes especiales: eran las 7 musas hijas del Dios Zeus, cada una de ellas dedicada por completo a la protección de un arte en particular. 7 ramas de eso tan grande que llamamos arte y que nos tratan de enseñar las maestras de las horas especiales estaban protegidas y a salvo de la encantadora de Aburry ( o sea la bichita asquerosa).

¿Pero que ocurría con las artes que no tenían musas? Estaban tan desprotegidas como un niño sin angel de la guarda, como leí por ahí en el libro…

Ya cansada y abrumada por la lectura, dormí aquel día unas 7 horas seguidas.
Soñé 7 sueños, con sus 7 musas y sus 7 argumentos.
Tuve 7 sobresaltos, de 7 pesadillas que luego se sumaron.
Y 7 veces desperté, más 7 veces volví a dormirme tan profundo como un bebé….

Al día siguiente no fuí a la colonia de vacaciones porque llovía mucho, pero mucho mucho, por suerte no se cortó la luz y pude seguir leyendo. Mi mamá no entendiá porqué razón no prendía la compu desde hacía dos días, pero no dijo nada, solo me miraba y sonreía.

Leí 7 paginas de corrido.
Busqué 7 palabras que no entendí en el dicionario. Por lo que aprendí 7 palabras nuevas.
Respiré profundo 7 veces antes de leer los nombres de los 7 bichos que tiene por mascota la encantadora de Aburry
Finalmente detuve la lectura por 7 minutos, respiré bien hondo y exalé lentamente, con 7 suspiros…

¿Sería yo capaz de leer el capitulo 77?

CONTINUARA…

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Setenta veces 7…

¡Nada de que me da miedo ni que ochocuartos, después! – Dijo mi mamá cuando vió que debajo de las sábanas yo leía toda acurrucada un libro de terror que me había prestado mi prima.
Yo no dije nada, porque es mejor no discutir de estas cosas con las madres, esperé a que se fuera a dormir y seguí leyendo, total estoy de vacaciones y no tengo que levantarme temprano.
Cuando iba por la pagina 7 algo revoloteó y se metió tras la cortina de mi ventana. Supuse que era un bichito de luz o algo así y seguí leyendo.
Escuché entonces una risita…
Escuché un susurro…
Y presté atención.
Decía así:

Setenta veces siete,
setenta las serpientes
que te incaran los dientes
Setenta veces siete
hechizo terminado
solo resta repetirlo
setenta veces siete…

Me levanté de inmediato de mi cama y abrí de para en par la ventana. Ahí estaba ella: tan feita, tan chiquita, tan extraña como un insecto…

– ¡Vete chica!, chs chs, interrumpes mi hechizo.
– En mi cuarto nadie hace hechizos ni nada ¡andate!- le dije poniendo la mejor cara de mala que me salió, pero ella ni se movía…
Entonces se empezó a sacudir toda, aleteaba con sus alitas horribles de cucaracha y despedía un olor a podrido tremendo.
– ¡Me voy cuando termine! ni antes ni después humanita del demonio…- se irritó mucho y continuó diciendo su hechizo.
Me fui corriendo hasta el ropero y busqué un desodorante de flores que me encanta, me paré delante de ella y le dije:
– Entonces yo también voy a hacer mi hechizo- empesé a tirar desodoran
te y a decir lo que se me ocurría:

Olorienta bichita serás una bolita
quietita, quietita
y te doy una patadita

Para mi asombro la extraña criaturita puso cara de espanto y se fué volando. ¿A donde? ¡Se metió en mi libro!

CONTINUARA

La olla mágica. (Olga Drennen)

LA OLLA MÁGICA

Onagra empujó el madero que llevaba atado al cogote debajo de la olla que hervía en el centro de la hoguera y apoyó con fuerza las dos patas en el otro extremo de la palanca; de inmediato, vio la vasija dando vueltas en el aire. Parecía una moneda de cobre refulgente y redonda, una moneda que chorreaba humo y agua. Arriba, el sol, otra moneda más, resplandecía sobre el gran triángulo del techo.

La olla giraba suspendida allá, en lo alto, mucho más arriba de su cabeza. Su cabeza. Se le hacía difícil pensar que estaba a punto de perderla.

-¿Pensaste qué vamos a hacer con este bicho cuando el zumo esté listo?

Corría peligro. Nadie podía negarlo. Él mismo había escuchado a Carda, su dueña, cuando hablaba con el marido.

-¡Qué sé yo! Dejarlo solo, hasta que se muera. O, por ahí, le cortamos la cabeza ¿A quién le importa un burro tonto? –contestó ella soltando una carcajada.

Y en ese momento, a Onagra, las cuatro patas se le aflojaron. ¿Cortarle la cabeza…?, repitió temblando.

Como si se hubiera dormido en las alturas, la vasija dibujaba círculos con pesadez debajo del sol más brillante que nunca.

También iluminaba, alto como un globo, allá tan lejos, encima de la finca de Nodo, su dueño anterior, pero Nodo no lo tenía encerrado en un cuarto de tres paredes con esas cadenas en la puerta. La cuadra donde descansaba él, y otros como él, tenía un techo de paja que lo resguardaba del frío, la lluvia o el calor.

-¡Arre, burrito, arre! -lo animaban los hombres que trabajaban con él.

Onagra siempre había renegado de su destino tan distinto del de los Equinos, sus parientes famosos de patas y cabezas finas, los que tenían crines suaves como la seda. En cambio él, todo áspero, tan sin gracia, con esas orejotas grises. Le parecía injusto que ellos vivieran con agua y alimentos al alcance de sus hocicos mientras que él y sus compañeros malvivían, allí, en la parte trasera del establo, con la comida justa y el descanso mezquino.

-¡Qué le vamos a hacer, burrito -dijeron una tarde los humanos que manejaban los arados como si pudieran leerle el pensamiento -unos nacen con estrella y otros nacen estrellados!

Estrellado, sí y, además, con mala suerte. Así, había nacido él. ¿Por qué la malvada de Carda tendría tan odiosas intenciones?, se preguntó. ¿Qué le había hecho él para que con tanto apresuramiento, decidiera cortarle la cabeza y, por lo tanto, su muerte?

En cambio, allá en su tierra, los hombres, eran bien distintos. Ahora los extrañaba. Le daba tristeza recordar el corral con esas grandes ventanas desde las que el cielo se veía a lo largo y a lo ancho. Tan distinto de ese cuchitril donde el amanecer apenas se adivinaba desde la base de un triángulo de piedras cubiertas de musgo como ésas entre las que ahora, lo tenían encerrado.

Mientras revivía otras épocas, el burro mordisqueaba algunos pastos secos que habían crecido a unos metros de la hoguera, sin tener en cuenta la olla de cobre que, como si alguien estuviera reteniéndola, giraba y giraba en las alturas.

Antes, cuando vivía en la finca, a veces, se cruzaba con sus parientes los Equinos que paseaban con Nodo. Siempre se alegraba de verlos, al fin y al cabo, eran su familia. Se alegraba y los saludaba con aquel rebuzno amistoso que le había enseñado su padre, pero ellos le contestaban con un sacudir de crines lleno de orgullo. Iban siempre apurados, siempre con cosas importantes para hacer. Llevaban al dueño y a su familia en la caza de zorros por el bosque o saltaban vallas en praderas con pastos como de terciopelo.

Claro que a Onagra tampoco le faltaban amigos humanos, los hombres con los que trabajaba, que eran mofletudos como él, con su mismo hedor a tierra revuelta y aquellos pelos duros brincándoles sobre la frente igual que los suyos.

Carda, su nueva dueña, la que le había puesto el collar de madera en el cogote, no tenía, perfume o tal vez, sí, tal vez, la cortina de humo que flameaba en esa pieza de tres paredes disimulaba todos los olores,

Onagra todavía recordaba la tarde en que la vio por primera vez. Ella y su marido fueron al corral a conversar con su antiguo dueño. Necesitaban un animal para hacer un trabajo duro y habían pensado en comprarle uno de los burros que dormían en el fondo del establo.

-¡Pero claro que sí -contestó Nodo -lleven el que más les guste!

Para su desgracia, lo eligieron a él. Fue realmente una catástrofe porque después de un viaje lamentable, lo encerraron en la casa que habían levantado. ¿La casa? ¡Qué iba a ser! Si no era más que una pieza sin ventanas y una puerta raquítica. Una vez allí, le calzaron un collar de madera en el cogote y lo obligaron a dar vueltas alrededor de la hoguera haciendo girar y girar una olla que adentro, tenía vaya a saber qué potingue.

-Lleven el que más les guste –había dicho Nodo.

Y Onagra tuvo que irse con ellos, pero, ¡puras mentiras que les gustaba! No debía de gustarles tanto, porque después, además de tratarlo mal, planeaban cortarle la cabeza.

-No dejes de dar vueltas, burro torpe -había pedido el marido de Carda -que cuando esta bebida esté terminada, mi mujer va cantar como los ángeles. Entonces, ninguno va a ser más rico ni famoso que nosotros.

-Son dos brujos -pensó Onagra viendo que la mujer agregaba un puñado de pétalos de jazmín dentro de la olla.

-Para tener la voz dulce -dijo Carda sumando un cántaro de miel al menjunje.

Así, arrope, almíbar y ramas de canela hervían en agua de azahar a fuego lento mientras el burro daba vueltas y vueltas sin poder desprenderse de la traba de madera que parecía estar a punto de estrangularlo.

-¿Te acordaste de lo más importante? -preguntó el hombre. Como toda respuesta, la bruja agitó una descomunal bolsa de gasa.

-Sí, traje las plumas de alas de ruiseñor.

También tenía otras de mirlos, zorzales, calandrias y canarios anaranjados.

De tanto en tanto, el hombre y la mujer levantaba la tapa y ponía huevos de reina mora o cardenal en la vasija

-Las alas del hornero, del pájaro mosca y del ave lira no me interesan para nada porque no saben cantar, así que ni me molesto en buscarlos – dijo Carda una tarde.

Mientras, revolvía el líquido espumoso con su cucharón de madera. A veces, probaba el brebaje con la punta de la lengua, se relamía y después, tarareaba. Tarareaba y parecía que un coro de jilgueros cantaba desde su garganta. Un día, de pronto, el marido la hizo callar para preguntarle:

-¿Pensaste qué vamos a hacer con este bicho cuando el zumo esté listo?

Pese a que no se destacaba por tener una inteligencia de las más brillantes, el animal se dio cuenta de que estaban hablando de su futuro, así que fue todo orejas y esperó la respuesta, sin dejar de dar vueltas con el pesado collar de madera apretado a su pescuezo.

-¡Qué sé yo! Dejarlo aquí, hasta que se muera. O, por ahí, le cortamos la cabeza ¿A quién le importa un burro tonto? –contestó ella con una sonrisa odiosa.

A Onagra, las patas le temblaron. Las cuatro patas le temblaron ¿Ahí, encerrado hasta morirse? ¿Sin volver a su tierra? ¿Y sus viejos amigos? ¿Y su noche querida, allá, en el establo de Nodo tan larga y amplia, toda llena de luna? Otra pregunta más inquietante todavía, asaltó sus pensamientos. ¿Querían cortarle la cabeza?

Por eso, había hecho saltar la olla con sus rodillas delanteras. De rabia, por lo que planeaban para él. Pero, al instante, se asustó.

-¡Uijijijiii! -lloriqueó.

¡Cuando Carda viera que había tirado su licor maravilloso iba a querer matarlo dos veces!

En aquel momento, la olla dejó de girar y se volcó, al sentir el chorro del líquido caliente sobre su cabeza, Onagra alcanzó a correrse hacia un costado.

Se salvó, sin embargo, diez, veinte, cien gotas, le entibiaron el pecho y los antebrazos.

Casi enseguida, empezó a notar aquella sensación de agilidad y ligereza en las patas. Sensación que lo hacía dar saltos incontenibles igual que golpes de viento, saltos y volteretas que lo elevaban liviano como un barrilete. Liviano como todas las plumas de pájaros que Carda había echado en su olla mágica.

No podía dominarse así que brincó, brincó y, de un solo salto, rebasó la línea superior de las paredes. Después de hacer una serie de piruetas con una habilidad que nunca había tenido, volvió a saltar. Volvió a saltar y se vio por encima de las ramas más altas de los árboles; fue cuando se animó y dio aquella voltereta audaz que le hizo escalar el cielo, mientras sentía que su cuerpo se brotaba de plumas. Y entonces, como por arte de magia, voló. Voló con un inútil collar de madera colgando del pescuezo.

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La Autora: Olga Dennen;
Nació en San Martín provincia de Buenos Aires.
Es docente, poeta, ensayista, editora y autora de libros de literatura infantil y juvenil. Jurado de Alija, del Fondo Nacional de las Artes, de los Premios Nacionales de Literatura Infantil de la Secretaria de Cultura de Presidencia de la Nación, del Premio Fantasía Infantil, entre otros. Participó como exponente en distintos congresos nacionales e internacionales. Ha obtenido distintos premios por sus obras. Colaboró distintos medios de nuestro país. Participó en numerosas antologías. Tradujo La carta robada de Edgar Allan Poe.
En la actualidad, se desempeña como editora en una acreditada editorial dedicada a publicar material para docentes.

Algunas de sus obras para jóvenes:
“Azul y la mariposa”, El conejo que quería volar”, “La ardillita amistosa”,Los gatos paseanderos”, “El cumpleaños de Tolón”, “El pececito dorado” y “Relmú” en la Colección “Cuentos para mis hijos”, Ed. Bureau de Promotion, 1981, Bs. As.

“Wunderding y otros escalofríos”, cuentos, Coquena, Grupo Editor, Libros del Quirquincho, 1990, Bs. As.

“Sombras y Temblores” cuentos, Ed. Quipu, 1993, Bs. As.

“Leyendas que eran y son” Ed. El Ateneo, 1996, Bs. As.

“Asesinatos en la escuela del perro” novela, Coquena, Grupo Editor, Libros del Quirquincho, 1990, Bs. As.
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Este cuento y la biografía fueron tomados de la pagina: http://www.7calderosmagicos.com.ar

Traca traca (de Luisa Ana Vita)

TRACA TRAC

Renita acababa de terminar el cuento cuando alguien oyó un ruido en la puerta….todos se quedaron sorprendidos porque sabían que el resto de los chicos estaban realizando las tareas y recordaron que el otro grupo se había ido a clase.

Se miraron un poco asustadas porque el ruido persistía… No se animaban a llegar hasta la puerta , puesto que estaban petrificadas en su lugar. ¿Qué sería ?. ¿ De dónde provenía ese ruido?. Los ojos de la pequeña y sus compañeras se movieron hacia todas direcciones..

Muy despacio se fueron acercando a la ventana y mirando hacia ambos lados , observaron que el jardín estaba silencioso y no había nadie.Volvieron sobre sus pasos , pero el ruido continuaba. Comenzaron a revisar todos los lugares posibles de donde podría provenir el misterioso ruido. Pensaron que podía ser el viento , pero estaba todo calmo.

Volvieron a revisar todo nuevamente. Abajo de las camas, en los placares, adentro de las zapatillas, puertas, ventanas y hasta abajo de las alfombras. Nuevamente oyeron el TRAC TRAC del ruido misterioso.
Pensaron que podía ser el viento , pero estaba todo calmo.

Volvieron a revisar todo nuevamente. Abajo de las camas, en los placares, adentro de las zapatillas, puertas, ventanas y hasta abajo de las alfombras. Nuevamente oyeron el TRAC TRAC del ruido misterioso.
Ya se daban por vencidas cuando, de pronto , TRAC TRAC, se abrió imprevistamente la gatera de la puerta
trasera , y apareció con cara de yo no fui, Camilo, el simpático gatito colorado con cara de sueño. Todos se largaron a reír , porque el pequeño minino les había dado un susto enorme.

El insomnio de la Bella durmiente (Rocío Sanz)

La Bella Durmiente tenía insomnio.

¡Qué tragedia!

Tú recordarás el cuento de la Bella Durmiente: la maldición del hada mala y cómo la princesa se pincha el dedo con un huso de hilar y cae como muerta. Recordarás que interviene el hada buena y modifica el hechizo:

–La princesa no morirá. Dormirá por cien años y entonces vendrá un príncipe a despertarla.

También te acordarás que todo el palacio se duerme y crece un espeso bosque a su alrededor.

Todo había salido bien hasta ese momento. Dormían ya el rey y la reina, los perros y los canarios, las damas y los caballeros, los guardias y los lacayos. Dormían el fuego en la chimenea y el agua de la fuente, pero la protagonista del cuento, la mismísima Bella Durmiente, ¿tenía insomnio y no se podía dormir!

El hada madrina no sabía qué hacer. En todo aquel palacio dormido sólo velaba el aya anciana que había criado a la princesa y había venido a vigilar su sueño. ¡Pero no había tal sueño! La Bella Durmiente padecía insomnio.

El hada agitaba en vano su varita mágica: la princesa no se dormía. Se paseaba con el aya por los salones dormidos, pero no le llegaba el sueño.

–¡Esto no es posible! –se quejó la anciana, fatigada de caminar–. ¡La Bella Durmiente no puede pasar cien años despierta!

–¡Estaré hecha una ruina cuando aparezca el príncipe! –clamó la pobre princesa–. Hada madrina, ¡tienes que hacer algo!

El hada se quedó pensativa un momento. Luego exclamó:

–¡Ya sé! Pediré prestada la manzana de Blancanieves. La morderás y caerás como dormida. Contrataremos a los siete enanos: ellos te fabricarán un precioso ataúd de cristal para que te encuentre el príncipe.

–¡Nooo! –protestó la princesa–. ¡Yo no quiero al príncipe de Blancanieves, ella se pondría celosa! Yo quiero a mi propio príncipe. ¡Este es MI cuento! –sollozaba.

–Podríamos cambiarle el nombre… –meditó el hada–. Ponerle… “La Bella Insomne del Bosque”… Pero significaría mucho trabajo extra –recapacitó–. Habría que irse al siglo dieciocho y cambiar el texto original, contratar otras seis hadas madrinas, una bruja especial, ¡el sindicato de brujas protestaría por las horas extras! Y con la inflación –terminó diciendo el hada– el costo sería prohibitivo.

–¡Además –clamó la princesa– los niños me conocen como la Bella Durmiente y no es justo que me cambies el nombre! ¡Ay, madrina! ¿Qué voy a hacer durante cien años despierta y sola?

–Podrías escribir un libro de soledad… –sugirió el aya.

–¡Ya está escrito! –exclamó la pobre Bella Despierta, y se echó a llorar.

Los niños escucharon su llanto.
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Los niños solos oyeron los sollozos de aquella pobre muchacha y decidieron ayudarla.

Vinieron de todas partes y le contaron cuentos para entretener su vigilia.

Cada niño y cada niña inventó un cuento sobre el insomnio de la Bella Durmiente. ¡Hay tanto que hacer en cien años!: cosas útiles y bellas, juegos y viajes, libros, fantasías y realidades.

La Bella Durmiente jugó con los niños y los cien años se le pasaron en un suspiro.

Cuando, al fin, llegó el príncipe, se sorprendió de encontrarla despierta y fresca como una niña. ¡Hasta el aya se había conservado fresca!

El palacio despertó, como en el cuento original, y las bodas del príncipe y la princesa se celebraron con gran pompa y alegría. Ninguno de los dormidos supo nunca del insomnio de la Bella Durmiente.

Pero tú sí sabes el secreto y, cuando quieras, puedes inventar un cuento para consolar a la Bella Durmiente cuando no pueda dormir.

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Autora: Rocío Sánz, escritora y compositora, es una de las figuras más significativas de la literatura infantil de Costa Rica. Publicó los libros para niños El cuento vacío/La palabra descontenta (1985), El insomnio de la Bella Durmiente (1985) y Cuentos descontentos (1987).
Rocío Sánz nació en San José, en 1934, y falleció en México, en 1993. Estudió en el Colegio Superior de Señoritas. Inició su preparación musical en 1950 en el Conservatorio de la Universidad de Costa Rica, bajo la dirección del maestro Guillermo Aguilar Machado. En 1952, viajó a Los Angeles, California. Un año más tarde se trasladó a México, en cuyo Conservatorio Nacional fue alumna de los compositores Carlos Jiménez Mabarak, Blas Galindo y Rodolfo Haffter. En 1960, pasó a integrar el grupo de compositores Nueva Música de México y, posteriormente, formó parte de la Liga de Compositores Mexicanos. Entre 1965 y 1966, realizó estudios de composición en Moscú bajo la dirección de Vladimir Giorhyevich. Escribió poesía, y están recopilados 22 cuentos y cuatro obras de teatro. Por más de diez años, fue productora del programa semanal radiofónico El rincón de los niños, con magnífica acogida por parte del público. Obtuvo el primer premio en el Concurso Musical del Sesquicentenario de la Independencia Centroamericana, convocado por el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes de Costa Rica en 1971. La obra galardonada se estrenó en el Auditorio del Conservatorio Nacional de México. En el Teatro Nacional de Costa Rica, fue presentada en 1984. La profesora y soprano costarricense Zamira Barquero ha catalogado 67 composiciones musicales de Rocío Sanz: canciones para voz y piano, música de cámara, obra coral y orquestal y 19 composiciones para obras escénicas.

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El cuento y la biografía de la autora fueron tomados de la revista digital “Cuatro Gatos” que les recomiendo y está en el blogrroll.

El bosque olvidado… (continuación)

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Capitulo 1: Lo escuché en el bosque…
Continuación:

Lo que escuché y nadie me contó, fue esto:
(voy a tratar de repetirlo igualito igualito, tengo buena memoria dice mi maestra…)

– Es preciso hallar una solución lo antes posible, la aldea se esta perdiendo junto con los árboles…¿Qué será de nuestros hijos y las generaciones futuras?- dijo el hada vestida de azul, la que parecía de mayor edad y algo así como una reina.
– Es algo que está fuera de nuestro alcance, su majestad. Los humanos son poderosos, cuentan con un ejercito de máquinas y avanzan sin parar sobre todos los bosques…- se lamentó un joven inclinandose ante ella.
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– Es verdad que son muchos y poderosos, que están dispuestos a todo por conseguir su adorado progreso, pero también es verdad que nunca nos hemos dado por vencidos durante miles y miles de años y siempre logramos mantenernos vivos.- volvió a hablar el hada de azul.
-Propongo una nueva mudanza… – dijo alguien con voz muy chiquita.
– No debemos escapar más, no debemos por nosotros mismos y no debemos abandonar el bosque a su suerte tampoco…¿qué clase de protectores de la naturaleza seríamos entonces?- dijo cada vez más seria el hada de azul.
– Es evidente que necesitamos ayuda, ¿a quien recurrir?_ volvió a hablar el joven.
– No pude evitar oirlos, hola… soy Teresa, Tere va… y quiero ayudarlos…¿Ustedes son de verdad?- dije yo asomándome por detrás de un árbol medio quemado y algo caido.
-¡Es una niña humana! ¡Nos ha escuchado! ¿Cuanto tiempo hacía que los niños corrían por este lugar sin siquiera vernos un instante? – dijo asombrada el hada de azul.
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Lo que siguió depués no me lo acuerdo bien bien, pero me terminaron de contar que el bosque había sido talado casi íntegro del lado norte y que se disponían a hacer lo mismo del lado oeste donde había un asentamiento cada vez más grande de máquinas y humanos con cascos naranja. Que el corazón del bosque estaba enfermo de tristeza y que los arboles no florecían ni daban los mismos frutos que antes y que si el bosque moría, ellos, la aldea de las hadas no iba a tener un lugar donde vivir.
En eso mi papá me encontró y me retó un poco porque me fui de su lado y casi casi me pierdo, yo no le dije nada en ese momento, pero sí le dije algo alas hadas, les dije: YO LAS VOY A AYUDAR !!!

Esa es la historia y ahora estoy pensando como ayudarlas, es necesario que yo vuelva al bosque lo más rápido posible… ¿no?…

******CONTINUARA*****

El bosque olvidado ( la primera historia de Tessoros de Papel)

Capitulo 1: Lo escuché en el bosque…
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A mí no me lo contó nadie, yo lo escuché…
Cuando fuimos a recorrer el bosque con mi papá, en las vacaciones y yo me perdí por un ratito nada más, porque me quedé juntando piñas y unas piedritas blancas chiquititas…ahí lo escuché.
Pero cuando se lo conté a mamá, no me prestó mucha atención y dijo algo así como “que le vamos a hacer…” y me mandó a guardar los juguetes…
Y cuando se lo dije a mi papá, dijo “y bueno ellas se arreglarán”, los papás creen menos que las mamás en esas cosas asique no me preocupé tanto. Lo que me preocupaba es que solo lo sabía yo y mi hermanito que es muy chiquito y no se me ocurría a quien pedirle una opinión….
Yo sabía que el año que viene ibamos a ir otra vez al mismo lugar de vacaciones, otra vez con la tía Mecha y el tío Tonio, y con mis primos. Mis primos son más grandes y ya no ven las mismas cosas que yo, además son varones y hablan de futbol todo el día. Vamos a volver el año que viene y tengo que volver con un buen plan de salvación. ¡Yo me comprometí con eso! Y ahora tengpo que cumplirlo, mi papá dice que siemrpe hay que cumplir las promesas y yo lo creo también.
Me acuerdo que después de dos días sin hablarlo con nadie me animé a contárselo a mi hermanito, él tiene 2 años y mucho no me entendió, pero cuando le dije que estaba dispuesta a ayudar a las hadas me aplaudió mucho y dijo su “¡Ta ta ta!” de alegría. Por lo tanto, creo que es una buena idea ayudarlas….¿Pero cómo?

****:) CONTINUARA 🙂 ****

Autora: Carolina Vanni

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la imagen fue tomada de http://www.alternativa.blog.com