Los Doce Hermanos III (Hermanos Grimm)

Los Doce Hermanos, tercera y última parte.

La niña se quedó en casa con Benjamín para ayudarle en los quehaceres domésticos, mientras los otros once salían al bosque a cazar corzos, aves y palomitas para llenar la despensa. Benjamín y la hermanita cuidaban de guisar lo que traían.

Ella iba a buscar leña para el fuego, y hierbas comestibles, y cuidaba de poner siempre el puchero en el hogar a tiempo, para que al regresar los demás encontrasen la comida dispuesta. Ocupábase también en la limpieza de la casa y lavaba la ropa de las camitas, de modo que estaban en todo momento pulcras y blanquísimas. Los hermanos hallábanse contentísimos con ella, y así vivían todos en gran unión y armonía. He aquí que un día los dos pequeños prepararon una sabrosa comida, y, cuando todos estuvieron reunidos, celebraron un verdadero banquete; comieron y bebieron, más alegres que unas pascuas.

Pero ocurrió que la casita encantada tenía un jardincito, en el que crecían doce lirios de esos que también se llaman «estudiantes». La niña, queriendo obsequiar a sus hermanos, cortó las doce flores, para regalar una a cada uno durante la comida. Pero en el preciso momento en que acabó de cortarlas, los muchachos se transformaron en otros tantos cuervos, que huyeron volando por encima del bosque, al mismo tiempo que se esfumaba también la casa y el jardín. La pobre niña se quedó sola en plena selva oscura, y, al volverse a mirar a su alrededor, encontróse con una vieja que estaba a su lado y que le dijo:
— Hija mía. ¿qué has hecho? ¿Por qué tocaste las doce flores blancas?

Eran tus hermanos, y ahora han sido convertidos para siempre en cuervos. A lo que respondió la muchachita, llorando:
— ¿No hay, pues, ningún medio de salvarlos?
— No -dijo la vieja-. No hay sino uno solo en el mundo entero, pero es tan difícil que no podrás libertar a tus hermanos: pues deberías pasar siete años como muda, sin hablar una palabra ni reír. Una palabra sola que pronunciases, aunque faltara solamente una hora para cumplirse los siete años, y todo tu sacrificio habría sido inútil: aquella palabra mataría a tus hermanos.

Díjose entonces la princesita, en su corazón: «Estoy segura de que redimiré a mis hermanos». Y buscó un árbol muy alto, se encaramó en él y allí se estuvo hilando, sin decir palabra ni reírse nunca.

Sucedió, sin embargo, que entró en el bosque un Rey, que iba de cacería. Llevaba un gran lebrel, el cual echó a correr hasta el árbol que servía de morada a la princesita y se puso a saltar en derredor, sin cesar en sus ladridos. Al acercarse el Rey y ver a la bellísima muchacha con la estrella en la frente, quedó tan prendado de su hermosura que le preguntó si quería ser su esposa. Ella no le respondió de palabra; únicamente hizo con la cabeza un leve signo afirmativo. Subió entonces el Rey al árbol, bajó a la niña, la montó en su caballo y la llevó a palacio. Celebróse la boda con gran solemnidad y regocijo, pero sin que la novia hablase ni riese una sola vez.

Al cabo de unos pocos años de vivir felices el uno con el otro, la madre del Rey, mujer malvada si las hay, empezó a calumniar a la joven Reina, diciendo a su hijo:
— Es una vulgar pordiosera esa que has traído a casa; quién sabe qué perversas ruindades estará maquinando en secreto. Si es muda y no puede hablar, siquiera podría reír; pero quien nunca ríe no tiene limpia la conciencia.

Al principio, el Rey no quiso prestarle oídos; pero tanto insistió la vieja y de tantas maldades la acusó, que, al fin, el Rey se dejó convencer y la condenó a muerte.
Encendieron en la corte una gran pira, donde la reina debía morir abrasada. Desde una alta ventana, el Rey contemplaba la ejecución con ojos llorosos, pues seguía queriéndola a pesar de todo. Y he aquí que cuando ya estaba atada al poste y las llamas comenzaban a lamerle los vestidos, sonó el último segundo de los siete años de su penitencia.

Oyóse entonces un gran rumor de alas en el aire, y aparecieron doce cuervos, que descendieron hasta posarse en el suelo. No bien lo hubieron tocado, se transformaron en los doce hermanos, redimidos por el sacrificio de la princesa. Apresuráronse a dispersar la pira y apagar las llamas, desataron a su hermana y la abrazaron y besaron tiernamente.

Y puesto que ya podía abrir la boca y hablar, contó al Rey el motivo de su mutismo y de por qué nunca se había reído. Mucho se alegró el Rey al convencerse de que era inocente, y los dos vivieron juntos y muy felices hasta su muerte. La malvada suegra hubo de comparecer ante un tribunal, y fue condenada. Metida en una tinaja llena de aceite hirviente y serpientes venenosas, encontró en ella una muerte espantosa.

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Los Doce Hermanos (hermanos Grimm)

Segunda Parte

Transcurridos once días, llególe la vez a Benjamín, el cual vio que izaban una bandera. ¡Ay! No era blanca, sino roja como la sangre, y les advertía que debían morir. Al oírlo los hermanos, dijeron encolerizados:
— ¡Qué tengamos que morir por causa de una niña! Juremos venganza. Cuando encontremos a una muchacha, haremos correr su roja sangre. Adentráronse en la selva, y en lo más espeso de ella, donde apenas entraba la luz del día, encontraron una casita encantada y deshabitada:
— Viviremos aquí -dijeron-. Tú, Benjamín, que eres el menor y el más débil, te quedarás en casa y cuidarás de ella, mientras los demás salimos a buscar comida.

Y fuéronse al bosque a cazar liebres, corzos, aves, palomitas y cuanto fuera bueno para comer. Todo lo llevaban a Benjamín, el cual lo guisaba y preparaba para saciar el hambre de los hermanos. Así vivieron juntos diez años, y la verdad es que el tiempo no se les hacía largo.

Entretanto había crecido la niña que diera a luz la Reina; era hermosa, de muy buen corazón, y tenía una estrella de oro en medio de la frente. Un día que en palacio hacían colada, vio entre la ropa doce camisas de hombre y preguntó a su madre:

— ¿De quién son estas doce camisas? Pues a mi padre le vendrían pequeñas.
Le respondió la Reina con el corazón oprimido:
— Hijita mía, son de tus doce hermanos.
— ¿Y dónde están mis doce hermanos -dijo la niña-. Jamás nadie me habló de ellos:

La Reina le dijo entonces:
— Dónde están, sólo Dios lo sabe. Andarán errantes por el vasto mundo. Y, llevando a su hija al cuarto cerrado, abrió la puerta y le mostró los doce ataúdes, llenos de virutas y con sus correspondientes almohadillas:
— Estos ataúdes -díjole- estaban destinados a tus hermanos, pero ellos huyeron al bosque antes de nacer tú -y le contó todo lo ocurrido. Dijo entonces la niña:
— No llores, madrecita mía, yo iré en busca de mis hermanos.
Y cogiendo las doce camisas se puso en camino, adentrándose en el espeso bosque.

Anduvo durante todo el día, y al anochecer llegó a la casita encantada. Al entrar en ella encontróse con un mocito, el cual le preguntó:
— ¿De dónde vienes y qué buscas aquí? -maravillado de su hermosura, de sus regios vestidos y de la estrella que brillaba en su frente.
— Soy la hija del Rey -contestó ella- y voy en busca de mis doce hermanos; y estoy dispuesta a caminar bajo el cielo azul, hasta que los encuentre.

Mostróle al mismo tiempo las doce camisas, con lo cual Benjamín conoció que era su hermana.
— Yo soy Benjamín, tu hermano menor- le dijo. La niña se echó a llorar de alegría, igual que Benjamín, y se abrazaron y besaron con gran cariño. Después dijo el muchacho:
— Hermanita mía, queda aún un obstáculo. Nos hemos juramentado en que toda niña que encontremos morirá a nuestras manos, ya que por culpa de una niña hemos tenido que abandonar nuestro reino.
A lo que respondió ella:
— Moriré gustosa, si de este modo puedo salvar a mis hermanos.
— No, no -replicó Benjamín-, no morirás; ocúltate debajo de este barreño hasta que lleguen los once restantes; yo hablaré con ellos y los convenceré.

Hízolo así la niña.
Ya anochecido, regresaron de la caza los demás y se sentaron a la mesa. Mientras comían preguntaron a Benjamín:
— ¿Qué novedades hay?
A lo que respondió su hermanito:
— ¿No sabéis nada?
— No -dijeron ellos.
— ¿Conque habéis estado en el bosque y no sabéis nada, y yo, en cambio, que me he quedado en casa, sé más que vosotros? -replicó el chiquillo.
— Pues cuéntanoslo -le pidieron.
— ¿Me prometéis no matar a la primera niña que encontremos?
— Sí -exclamaron todos-, la perdonaremos; pero cuéntanos ya lo que sepas.
— Entonces dijo Benjamín:
— Nuestra hermana está aquí -y, levantando la cuba, salió de debajo de ella la princesita con sus regios vestidos y la estrella dorada en la frente, más linda y delicada que nunca ¡Cómo se alegraron todos y cómo se le echaron al cuello, besándola con toda ternura!

Los doce hermanos I (hermanos Grimm)

Primera Parte

Éranse una vez un rey y una reina que vivían en buena paz y contentamiento con sus doce hijos, todos varones. Un día, el Rey dijo a su esposa:
— Si el hijo que has de tener ahora es una niña, deberán morir los doce mayores, para que la herencia sea mayor y quede el reino entero para ella.

Y, así, hizo construir doce ataúdes y llenarlos de virutas de madera, colocando además, en cada uno, una almohadilla. Luego dispuso que se guardasen en una habitación cerrada, y dio la llave a la Reina, con orden de no decir a nadie una palabra de todo ello.
Pero la madre se pasaba los días triste y llorosa, hasta que su hijo menor, que nunca se separaba de su lado y al que había puesto el nombre de Benjamín, como en la Biblia, le dijo, al fin:
— Madrecita, ¿por qué estás tan triste?
— ¡Ay, hijito mío! -respondióle ella-, no puedo decírtelo.

Pero el pequeño no la dejó ya en reposo, y, así, un día ella le abrió la puerta del aposento y le mostró los doce féretros llenos de virutas, diciéndole:
— Mi precioso Benjamín, tu padre mandó hacer estos ataúdes para ti y tus once hermanos; pues si traigo al mundo una niña, todos vosotros habréis de morir y seréis enterrados en ellos.
Y como le hiciera aquella revelación entre amargas lágrimas, quiso el hijo consolarla y le dijo:
— No llores, querida madre; ya encontraremos el medio de salir del apuro. Mira, nos marcharemos.

Respondió ella entonces:
— Vete al bosque con tus once hermanos y cuidad de que uno de vosotros esté siempre de guardia, encaramado en la cima del árbol más alto y mirando la torre del palacio. Si nace un niño, izaré una bandera blanca, y entonces podréis volver todos; pero si es una niña, pondré una bandera roja. Huid en este caso tan deprisa como podáis, y que Dios os ampare y guarde. Todas las noches me levantaré a rezar por vosotros: en invierno, para que no os falte un fuego con que calentaros; y en verano, para que no sufráis demasiado calor.

Después de bendecir a sus hijos, partieron éstos al bosque. Montaban guardia por turno, subido uno de ellos a la copa del roble más alto, fija la mirada en la torre.

Piel de Asno (III)

Parte III

El rey descubrió un mal día ese parecido que aventajaba al de su esposa, y, enloqueciendo, razonó que por esta causa debía casarse con su hija; tan ciego estaba, que llegó incluso a consultar con hombres de leyes los cuales no dudaron en apoyar semejante disparate si tal era la voluntad del soberano.

Pero la joven princesa, triste al oír hablar de un amor tan absurdo, se lamentaba y lloraba día y noche.

Con el alma acongojada por la pena, la princesa fue a buscar a su Hada Madrina, que vivía lejos, en una gruta ricamente tapizada de nácar y corales.

Su madrina era un hada admirable que no tenía rival en las artes mágicas, pues ella, no es necesario que os lo diga, era lo que debía de ser un hada en aquellos bienaventurados tiempos:

-Sé perfectamente -dijo el hada viendo a la princesa-, lo que os ha traído aquí, conozco de vuestro corazón la profunda tristeza, pero conmigo no tenéis que preocuparos, pues no hay nada que os pueda dañar si os dejáis llevar por medio de mis consejos.

Vuestro padre, es cierto, querrá casarse con vos. Escuchar su loca petición sería una falta muy grave, no obstante, sin contradecirle se le puede rechazar. Decidle que es preciso que él os dé, para teneros contenta, y antes de que aceptéis su proposición, un vestido que sea del color del tiempo. A pesar de todo su poder y toda su riqueza, aunque el Cielo le favorezca, no podrá jamás cumplir su promesa.

La princesa fue temblando a decirle a su enamorado padre lo que el hada le había aconsejado, y el monarca la escuchó, llamando acto seguido a los modistas más importantes, ordenándoles que si ellos no le obedecían con exactitud, creando una ropa que fuera del color del tiempo, podían estar seguros que los mandaría encarcelar.

Pero el segundo día no había amanecido aún que ya le traían la ropa deseada. El más hermoso azul no tiene punto de comparación con el de aquel vestido de un celeste maravilloso sobre el que parecían volar cien nubes doradas.

Estremecida de gozo y de dolor a un tiempo, la princesa no supo que decir ni comentar, y se entregó a la desesperación. Su madrina entonces volvió a aconsejarla:

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-Princesa, pedidle un vestido, que, más brillante y menos común, sea del color de la luna. Él no podrá dároslo.

Apenas la princesa lo pidió, el rey le dijo a su maestro artesano en bordados:

-¡Que el astro de la noche pierda todo su esplendor en la comparación, y que, sin falta, en cuatro días me sea entregado el vestido del color de la luna!

Dentro del plazo fijado, el rico traje estuvo hecho tal como el soberano lo ordenase. En los cielos donde la noche despliega su velo, el astro nocturno era menos radiante en su ropaje de plata, que el vestido de la princesa, ya que el mismo despedía una viva claridad convirtiendo en pálidas a las estrellas.

La princesa admiró el maravilloso traje y estaba a punto de consentir en el matrimonio porque no encontraba escapatoria posible, cuando su madrina tuvo una inspiración, y al rey enamorado hizo que le dijese la princesa:

-No me sentiré satisfecha hasta que no tenga una ropa aún más brillante y del color del sol.

El rey que la amaba con un amor sin parangón, hizo venir incluso a un exquisito orfebre, y le ordenó engarzar en un soberbio tejido de oro, diamantes y otras piedras preciosas, diciendo que si no era de su gusto la labor, le haría morir en medio del tormento.

Pero el monarca no tuvo que llevar a cabo su amenaza, pues el industrioso artista, llegando el fin de la semana, le mostró su obra, tan hermosa, tan viva, tan radiante que no tenía que envidiar al sol, cuando éste se pasea sobre la ruta de los cielos en su carro de oro, deslumbrando los ojos con el estallido de su luz.

****CONTINUARA****

Piel de asno. (Charles Perrault)

Parte II

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El rey tenía en sus cuadras caballos grandes y pequeños de todas las razas, cubiertos de ricas gualdrapas, recamadas en bordados de oro. Pero lo que más sorprendía a cuantos las visitaban, era que un vulgar asno de grandes orejas se hallara instalado en el lugar de honor.

Si tal desatino os desconcierta, cuando sepáis de sus cualidades sin par, comprenderéis la causa y no os parecerá que sea un honor exagerado.

Era un animal de apacible naturaleza y muy limpio, ya que no ensuciaba el establo, dejando en su lugar montones de monedas de oro, que se recogían todas las mañanas cuando despertaba.

Mas tanta dicha no suele durar mucho tiempo, y, por este motivo, una enfermedad desconocida atacó de improviso a la reina. Por todas partes se buscaron remedios, pero ni los sabios doctores de la facultad, ni los curanderos llamados de urgencia como último recurso, no pudieron, entre todos juntos, detener la fiebre de la soberana, que iba en aumento cada día.

Llegada que vio su última hora, la reina le dijo a su esposo:

-Debo exigiros una cosa antes de morir, y es que os volváis a casar cuando ya no esté.

-¡Ah! –exclamó el rey- Vuestra preocupación es superflua. Yo no fantasearía con ella. Reposad tranquila.

-Sé lo que pensáis -repuso la reina-, teniendo en cuenta vuestro amor apasionado, sin embargo, para mi tranquilidad, quiero que me juréis, que si vos encontráis a una mujer más bella y más inteligente que yo, la tomaréis por esposa.

La reina habló así en la confianza de que su atractivo no iba a encontrar rival y, por tanto, el rey no se casaría jamás.

El rey juró, con los ojos bañados en lágrimas, todo lo que la reina quiso y ella murió tranquila entre sus brazos.

Jamás un marido llevó tanto duelo pues sollozaba de noche y de día, aunque todos pensaron que precisamente porque lloraba el recuerdo de su amada perdida, no continuaría viudo mucho tiempo dado que su afectuoso temperamento no podía vivir sin amor. Y no se equivocaban ya que, al cabo de algunos meses, el monarca quiso proceder a una nueva elección. Pero no era cosa fácil cumplir su juramento y que la nueva esposa superase en atractivo a la primera a quien él había idealizado en su memoria y que ahora descansaba en el mausoleo.

Mas ni la corte que abundaba en beldades, ni el campo ni la ciudad, ni los reinos de alrededor, ni en ninguna parte a donde se fue a buscarla, en ningún sitio, pudo encontrarse a otra igual. Sólo hubo una, aún más bella que la reina, y que incluso poseía ciertos amables rasgos de carácter que la difunta nunca tuvo, pero esta criatura excepcional era su propia hija.

**** CONTINUARA****

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La imagen y el texto fueron tomados de : http://rincondelashadas.webcindario.com/cuento_pieldeasno.htm

Piel de asno (Charles Perrault)

PIEL DE ASNO
Parte I

Hubo una vez un monarca, el más grande que había entonces sobre la tierra, tan amable en la paz, como terrible en la guerra, y que sólo a él mismo podía compararse ya que no había ningún otro que le aventajara en poder. Los reinos vecinos le temían y por esta causa, sus estados estaban en paz, floreciendo en todo el territorio, a la sombra de las palmeras, las virtudes y las bellas artes. Su amable esposa, y fiel compañera, era tan encantadora como bella, teniendo un espíritu agradable y dulce, lo que convertía al rey, más en feliz esposo que en soberano, lo que ya es decir. De su ejemplar matrimonio, nació una hija, tan adornada de gracias, que pronto los reyes se consolaron de no haber tenido más descendencia..

En su vasto y rico palacio todo era magnificencia por doquier y una gran muchedumbre de cortesanos y de servidores lo poblaban yendo y viniendo afanosos.

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El rey tenía en sus cuadras caballos grandes y pequeños de todas las razas, cubiertos de ricas gualdrapas, recamadas en bordados de oro. Pero lo que más sorprendía a cuantos las visitaban, era que un vulgar asno de grandes orejas se hallara instalado en el lugar de honor.

Si tal desatino os desconcierta, cuando sepáis de sus cualidades sin par, comprenderéis la causa y no os parecerá que sea un honor exagerado.

Era un animal de apacible naturaleza y muy limpio, ya que no ensuciaba el establo, dejando en su lugar montones de monedas de oro, que se recogían todas las mañanas cuando despertaba.

Mas tanta dicha no suele durar mucho tiempo, y, por este motivo, una enfermedad desconocida atacó de improviso a la reina. Por todas partes se buscaron remedios, pero ni los sabios doctores de la facultad, ni los curanderos llamados de urgencia como último recurso, no pudieron, entre todos juntos, detener la fiebre de la soberana, que iba en aumento cada día.

Llegada que vio su última hora, la reina le dijo a su esposo:

-Debo exigiros una cosa antes de morir, y es que os volváis a casar cuando ya no esté.

-¡Ah! –exclamó el rey- Vuestra preocupación es superflua. Yo no fantasearía con ella. Reposad tranquila.

-Sé lo que pensáis -repuso la reina-, teniendo en cuenta vuestro amor apasionado, sin embargo, para mi tranquilidad, quiero que me juréis, que si vos encontráis a una mujer más bella y más inteligente que yo, la tomaréis por esposa.

La reina habló así en la confianza de que su atractivo no iba a encontrar rival y, por tanto, el rey no se casaría jamás.

El rey juró, con los ojos bañados en lágrimas, todo lo que la reina quiso y ella murió tranquila entre sus brazos.

*** 🙂 CONTINUARA 🙂 ***

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la imagen fue tomada de http://rincondelashadas.webcindario.com/cuento_pieldeasno.htm

Pulgarcito (Hermanos Grimm)

IV y última Parte

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Al llegar a la casa del cura, Pulgarcito se deslizó en el interior del cuarto, y, ya dentro, gritó con todas sus fuerzas:

– ¿Queréis llevaros todo lo que hay aquí?

Los rateros, asustados, dijeron:

– ¡Habla bajito, no vayas a despertar a alguien!

Mas Pulgarcito, como si no les hubiese oído, repitió a grito pelado:

– ¿Qué queréis? ¿Vais a llevaros todo lo que hay?

Oyóle la cocinera, que dormía en una habitación contigua, e, incorporándose en la cama, púsose a escuchar. Los ladrones, asustados, habían echado a correr; pero al cabo de un trecho recobraron ánimos, y pensando que aquel diablillo sólo quería gastarles una broma, retrocedieron y le dijeron:

– Vamos, no juegues y pásanos algo.

Entonces Pulgarcito se puso a gritar por tercera vez con toda la fuerza de sus pulmones:

– ¡Os lo daré todo enseguida; sólo tenéis que alargar las manos!

La criada, que seguía al acecho, oyó con toda claridad sus palabras y, saltando de la cama, precipitóse a la puerta, ante lo cual los ladrones tomaron las de Villadiego como alma que lleva el diablo.

La criada, al no ver nada sospechoso, salió a encender una vela, y Pulgarcito se aprovechó de su momentánea ausencia para irse al pajar sin ser visto por nadie. La doméstica, después de explorar todos los rincones, volvióse a la cama convencida de que había estado soñando despierta.

Pulgarcito trepó por los tallitos de heno y acabó por encontrar un lugar a propósito para dormir. Deseaba descansar hasta que amaneciese, y encaminarse luego a la casa de sus padres. Pero aún le quedaban por pasar muchas otras aventuras. ¡Nunca se acaban las penas y tribulaciones en este bajo mundo! Al rayar el alba, la criada saltó de la cama para ir a dar el pienso al ganado. Entró primero en el pajar y cogió un brazado de hierba, precisamente aquella en que el pobre Pulgarcito estaba durmiendo. Y es el caso que su sueño era tan profundo, que no se dio cuenta de nada ni se despertó hasta hallarse ya en la boca de la vaca, que lo había arrebatado junto con la hierba.

– ¡Válgame Dios! -exclamó-. ¿Cómo habré ido a parar a este molino?

Pero pronto comprendió dónde se había metido. Era cosa de prestar atención para no meterse entre los dientes y quedar reducido a papilla. Luego hubo de deslizarse con la hierba hasta el estómago.

– En este cuartito se han olvidado de las ventanas -dijo-. Aquí el sol no entra, ni encienden una lucecita siquiera.

El aposento no le gustaba ni pizca, y lo peor era que, como cada vez entraba más heno por la puerta, el espacio se reducía continuamente. Al fin, asustado de veras, púsose a gritar con todas sus fuerzas:

– ¡Basta de forraje, basta de forraje!

La criada, que estaba ordeñando la vaca, al oír hablar sin ver a nadie y observando que era la misma voz de la noche pasada, espantóse tanto que cayó de su taburete y vertió toda la leche. Corrió hacia el señor cura y le dijo, alborotada:

– ¡Santo Dios, señor párroco, la vaca ha hablado!

– ¿Estás loca? -respondió el cura; pero, con todo, bajó al establo a ver qué ocurría. Apenas puesto el pie en él, Pulgarcito volvió a gritar:

– ¡Basta de forraje, basta de forraje!

Pasmóse el cura a su vez, pensando que algún mal espíritu se había introducido en la vaca, y dio orden de que la mataran. Así lo hicieron; pero el estómago, en el que se hallaba encerrado Pulgarcito, fue arrojado al estercolero. Allí trató el pequeñín de abrirse paso hacia el exterior, y, aunque le costó mucho, por fin pudo llegar a la entrada. Ya iba a asomar la cabeza cuando le sobrevino una nueva desgracia, en forma de un lobo hambriento que se tragó el estómago de un bocado. Pulgarcito no se desanimó. «Tal vez pueda entenderme con el lobo», pensó, y, desde su panza, le dijo:

– Amigo lobo, sé de un lugar donde podrás comer a gusto.

– ¿Dónde está? -preguntó el lobo.

– En tal y tal casa. Tendrás que entrar por la alcantarilla y encontrarás bollos, tocino y embutidos para darte un hartazgo -. Y le dio las señas de la casa de sus padres.

El lobo no se lo hizo repetir; escurrióse por la alcantarilla, y, entrando en la despensa, se hinchó hasta el gollete. Ya harto, quiso marcharse; pero se había llenado de tal modo, que no podía salir por el mismo camino. Con esto había contado Pulgarcito, el cual, dentro del vientre del lobo, se puso a gritar y alborotar con todo el vigor de sus pulmones.

– ¡Cállate! -le decía el lobo-. Vas a despertar a la gente de la casa.

– ¡Y qué! -replicó el pequeñuelo-. Tú bien te has atiborrado, ahora me toca a mí divertirme -y reanudó el griterío.

Despertáronse, por fin, su padre y su madre y corrieron a la despensa, mirando al interior por una rendija. Al ver que dentro había un lobo, volviéronse a buscar, el hombre, un hacha, y la mujer, una hoz.

– Quédate tú detrás -dijo el hombre al entrar en el cuarto-. Yo le pegaré un hachazo, y si no lo mato, entonces le abres tú la barriga con la hoz.

Oyó Pulgarcito la voz de su padre y gritó:

– Padre mío, estoy aquí, en la panza del lobo.

Y exclamó entonces el hombre, gozoso:

– ¡Loado sea Dios, ha aparecido nuestro hijo! -y mandó a su mujer que dejase la hoz, para no herir a Pulgarcito. Levantando el brazo, asestó un golpe tal en la cabeza de la fiera, que ésta se desplomó, muerta en el acto.

Subieron entonces a buscar cuchillo y tijeras, y, abriendo la barriga del animal, sacaron de ella a su hijito.

– ¡Ay! -exclamó el padre-, ¡cuánta angustia nos has hecho pasar!

– Sí, padre, he corrido mucho mundo; a Dios gracias vuelvo a respirar el aire puro.

– ¿Y dónde estuviste?

– ¡Ay, padre! Estuve en una gazapera, en el estómago de una vaca y en la panza de un lobo.

– Pero desde hoy me quedaré con vosotros.

– Y no volveremos a venderte por todos los tesoros del mundo -dijeron los padres, acariciando y besando a su querido Pulgarcito. Diéronle de comer y de beber y le encargaron vestidos nuevos, pues los que llevaba se habían estropeado durante sus correrías.