Piel de Asno (III)

Parte III

El rey descubrió un mal día ese parecido que aventajaba al de su esposa, y, enloqueciendo, razonó que por esta causa debía casarse con su hija; tan ciego estaba, que llegó incluso a consultar con hombres de leyes los cuales no dudaron en apoyar semejante disparate si tal era la voluntad del soberano.

Pero la joven princesa, triste al oír hablar de un amor tan absurdo, se lamentaba y lloraba día y noche.

Con el alma acongojada por la pena, la princesa fue a buscar a su Hada Madrina, que vivía lejos, en una gruta ricamente tapizada de nácar y corales.

Su madrina era un hada admirable que no tenía rival en las artes mágicas, pues ella, no es necesario que os lo diga, era lo que debía de ser un hada en aquellos bienaventurados tiempos:

-Sé perfectamente -dijo el hada viendo a la princesa-, lo que os ha traído aquí, conozco de vuestro corazón la profunda tristeza, pero conmigo no tenéis que preocuparos, pues no hay nada que os pueda dañar si os dejáis llevar por medio de mis consejos.

Vuestro padre, es cierto, querrá casarse con vos. Escuchar su loca petición sería una falta muy grave, no obstante, sin contradecirle se le puede rechazar. Decidle que es preciso que él os dé, para teneros contenta, y antes de que aceptéis su proposición, un vestido que sea del color del tiempo. A pesar de todo su poder y toda su riqueza, aunque el Cielo le favorezca, no podrá jamás cumplir su promesa.

La princesa fue temblando a decirle a su enamorado padre lo que el hada le había aconsejado, y el monarca la escuchó, llamando acto seguido a los modistas más importantes, ordenándoles que si ellos no le obedecían con exactitud, creando una ropa que fuera del color del tiempo, podían estar seguros que los mandaría encarcelar.

Pero el segundo día no había amanecido aún que ya le traían la ropa deseada. El más hermoso azul no tiene punto de comparación con el de aquel vestido de un celeste maravilloso sobre el que parecían volar cien nubes doradas.

Estremecida de gozo y de dolor a un tiempo, la princesa no supo que decir ni comentar, y se entregó a la desesperación. Su madrina entonces volvió a aconsejarla:

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-Princesa, pedidle un vestido, que, más brillante y menos común, sea del color de la luna. Él no podrá dároslo.

Apenas la princesa lo pidió, el rey le dijo a su maestro artesano en bordados:

-¡Que el astro de la noche pierda todo su esplendor en la comparación, y que, sin falta, en cuatro días me sea entregado el vestido del color de la luna!

Dentro del plazo fijado, el rico traje estuvo hecho tal como el soberano lo ordenase. En los cielos donde la noche despliega su velo, el astro nocturno era menos radiante en su ropaje de plata, que el vestido de la princesa, ya que el mismo despedía una viva claridad convirtiendo en pálidas a las estrellas.

La princesa admiró el maravilloso traje y estaba a punto de consentir en el matrimonio porque no encontraba escapatoria posible, cuando su madrina tuvo una inspiración, y al rey enamorado hizo que le dijese la princesa:

-No me sentiré satisfecha hasta que no tenga una ropa aún más brillante y del color del sol.

El rey que la amaba con un amor sin parangón, hizo venir incluso a un exquisito orfebre, y le ordenó engarzar en un soberbio tejido de oro, diamantes y otras piedras preciosas, diciendo que si no era de su gusto la labor, le haría morir en medio del tormento.

Pero el monarca no tuvo que llevar a cabo su amenaza, pues el industrioso artista, llegando el fin de la semana, le mostró su obra, tan hermosa, tan viva, tan radiante que no tenía que envidiar al sol, cuando éste se pasea sobre la ruta de los cielos en su carro de oro, deslumbrando los ojos con el estallido de su luz.

****CONTINUARA****

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